NAVIDAD: En Diciembre llegaban los amigos

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Por Enrique Córdoba

 

En aquel pueblo caribeño compuesto de mestizos y mulatos que acudían al malecón del mercado, a la orilla del río, para ver la llegada de las lanchas que venían de Cartagena bordeando el mar y entraban cansadas por la desembocadura del Sinú, cargados de mercancías, libaneses y pasajeros de estirpe española, la llegada de la navidad era un acontecimiento parecido al arribo de un ciclón que contagiaba el ánimo de la gente tornándolos alegres y receptivos.

 

Ese pueblo no debía tener más de 30.000 habitantes, contados los pescadores, galleros, loteros y vendedoras de empanadas, buñuelos y patacón, en la entrada del teatro Martha, pero era la época de mi niñez, Lorica era bonita y sin igual como Venecia. Las calles eran largas, los barrios monumentales, las ciénagas remansos ecológicos de garzas y tortugas; todo quedaba lejos y en mi pueblo siempre veía un gentío variopinto como en las láminas de las enciclopedias.

 

LA NAVIDAD EN MI PUEBLO

La navidad se vislumbraba desde la noche de la velitas del 7 de diciembre. Esa noche las calles, terrazas y balcones de las casas, se alumbraban para esperar el 8 de diciembre, día de la Virgen de la Inmaculada.

 

Los sucesos cotidianos continuaban sin alteración: el alcalde se vestía de pantalón de dril caqui y camisa blanca, los pescadores vendían los bocachicos para el sancocho del almuerzo, los agricultores madrugaban los sábados con sus gallinas, cerdos y frutos de la tierra para cambiarlos por sal, azúcar, jabón y aceite, las señoras le lavaban las camisas a los ricos en bateas de madera en la ribera del río o de la ciénaga Grande, los señores adinerados iban a contar los ganados a sus fincas en jeep Willys, fabricados en Detroit, utilizados durante la II Guerra Mundial e importados a Colombia por Leonidas Lara e hijos. Los caciques atendían a los jefes de los partidos políticos de Bogotá, liberal o conservador, con bandas de música papayera y después los paseaban por las playas del mar de Coveñas. Las únicas novedades del pueblo eran el desembarco de otro árabe que instalaba un negocio en la calle del Comercio o de un nuevo cura oriundo de Italia, Suiza, Alemania o España.

 

Los sacerdotes llegaban con la sagrada misión de cuidar de los feligreses de la parroquia de Lorica, aún cuando por el alto grado fosfórico del pescado de la región, se dieron más de tres casos de enamoramiento. Cayeron en la humana tentación de la carne, solicitaron permiso del Papa, se casaron y formaron sus hogares en el vecindario.

 

El único loriquero que se atrevía a desafiar la fé del Vaticano, era José Luis “Jopse” Córdoba Reyes, hijo de mi tío, Lilín Córdoba, quien me cautivó con sus historias de cuando trabajó de peluquero, en la construcción del Canal de Panamá. Pues Jopse, nombre con el que siempre lo conocí se decía testigo de Jehova, -el único de la comarca- pero yo nunca encontré coherencia entre su convicción religiosa, su vocación anticipada de “Facebook” hablado y su oficio. Vivía metido en la Iglesia católica decorando altares, pintando las imágenes de los santos y fabricando todos los años un pesebre monumental en el que participaban los hijos de las familias mas cercanas al párroco o a las señoras más rezanderas.

 

MI PAPEL DE SAN JOSE

Yo no podía faltar, puesto que mi mamá lideraba la fraternidad del Santo Cristo, una cofradía con miles de devotos. “Vas a ser San José” me dijeron y me enfundaban en un sotana de popelina blanca asegurada a la cintura con un cordón de tres nudos, que usaban los franciscanos. De Virgen María vestían a Rocío Sánchez Juliáo, la hermana de David, el recordado gran escritor.

 

El arribo de Cartagena, Medellín o Bogotá, -y uno que otro de Estados Unidos- de la muchachada que estudiaba bachillerato o universidad, presagiaba los vientos navideños. Todo era sorprendente, cordial y memorable en tiempos de diciembre. Los papás se reunían a charlar, alrededor de la puerta de la casa hasta altas horas de la noche mientras los menores organizábamos juegos de grupos, como las escondidas, cartas, ajedrez, monopolio o el teléfono, que consistía en sentarse uno al lado del otro, originar un mensaje y pasarlo en cadena de oído a oído, del vecino, con creatividad y picardía para sorprenderse con el sentido de la frase final. No faltaban los paseos a las fincas, al mar y los bailes donde nacieron muchos amores que prosperaron y hoy forman parte de esa sociedad.

 

LA NAVIDAD

El día 358 del año, generalmente es el 24 de diciembre. Ambiente de villancicos, luces, regalos, ropa nueva, baile con orquesta en el Club Lorica ( orquesta de Juancho Torres, la Sonora Cordobesa o una banda de La Doctrina ) donde no se permite entrar sin traje completo de saco y corbata, con temperatura de 38 grados centígrados y sin aire acondicionado. A las 12 de la noche no cabía un alma en la iglesia. Se le llama Misa de Gallo, por la creencia que fue un gallo el primero que anunció el nacimiento del hijo de María, en Belén. En mi inocencia de infancia y para mis amiguitos, el amanecer del 25 de diciembre tenía un encanto y un misterio, que vivirlo se convertía en un toque de magia y cercanía celestial, pues era el día más esperando para saber lo que nos traía el Niño Dios. No esperábamos que saliera el sol para correr a la terraza o a la casa del vecino para acariciar los juguetes y mostrarlos a los compañeros y al mismo tiempo curiosear los regalos de los otros amigos.

Ropa, juegos y un camión de madera, me trajo el niño Dios. Siempre me quedé esperando la bicicleta. “El niño Dios siempre se equivoca de dirección” me aseguraba mi mamá. “La deja en la casa del lado”, insistía. Era la casa de mi mejor amigo Alfredo de León Naar quien alcanzó a coleccionar ocho bicicletas Monark de color verde.

 

Reconozco que soy de una época pasada, bella y de ingenuos. Fueron tiempos en que los niños obedecíamos y respetábamos a los padres y teníamos la suerte de soñar y jugar con la imaginación.

 

Me costó trabajo aceptar pasados mis diez años de edad, que la sombra que se cruzó en la oscuridad de mi cuarto, una noche de diciembre, no era la del Niño Dios, sino la de mi papá en calzoncillos que me traía los regalos de navidad. Así eran de lindos aquellos tiempos.

 

La Navidad es un viaje a la infancia, a la familia, a nuestras creencias, a las costumbres y una evocación de nuestro pueblo, de lo que fuimos y de lo que somos: siempre niños.

enriquecordobaR@gmail.com

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